
Octogonal, a imitación, dicen, del Santo Sepulcro de Jerusalén, elegante y especialmente bello con el sol del atardecer.
Nada tan placentero como descansar durante la canícula en su interior, solo, mirando sus curiosos capiteles, su estructura singular, el murciélago que dormita sin molestar al visitante.
Aunque, sin duda alguna, nada como sentarse en la plaza del pueblo y hablar con los habitantes del lugar, amables, hospitalarios, cálidos, o en el bar de una asociación del pueblo, debajo del ayuntamiento, donde si entras por casualidad, a la mirada inquisitiva nada más abrir la puerta sucede la amena conversación, la camaradería con el visitante, la broma sana.
Torres del Río.
Un pequeño lugar de Navarra que inspira y anima a quedarse.