viernes, 17 de septiembre de 2010

5.- Two German Girls - Tosantos



Two German Girls

Como muchos –supongo, y me repito- no tenía ni idea de lo que se podía esperar del Camino. En realidad no esperaba nada especial. El hecho de hacerlo protegido por una amplia compañía a la que me sentía unido, y parcialmente atado, restaba toda posibilidad de aventura o encuentros misteriosos. Y tampoco esperaba nada especial a pesar de que las numerosas frases de doble sentido, palabras inasibles, expresiones cubiertas de niebla sobre el Camino dejaban una promesa de emociones inesperadas, encuentros inexcusables, descanso anímico de hombre de ciudad.

Después de haber sido materialmente asaltado por el azar los primeros días con el refrescante encuentro con Cho Hyean Me o Laura, Pura Vida -el desconocido que tiene algo que mostrarte- caminar las siguientes etapas ricas de iglesias y viñedos riojanos, ya crecidos y con abundante uva, promesa de banquetes y fiestas, comenzar las tierras burgalesas, aún en lontananza, con promesas de pan, todo amarillo, todo con rastrojos delatores, y no haber ocurrido incidencia alguna digna de mención, excepto las provocadas por los cuatro caminantes entre ellos mismos, por una parte me dejaba claro que el Camino no era un Show Televisivo donde a cada hora del día hay un escándalo, un partido de fútbol, una mala película… ni tampoco un espacio de constante, obligada y neurótica diversión al son de los tiempos.

En Villambistia no pudimos ver el interior de la iglesia; no por ser hora temprana, sino por encontrar, sorprendentemente, a la coral del pueblo ensayando. En los dos siguientes pueblos ni siquiera descubrimos a un lugareño. En Tosantos, la iglesia rupestre seguía quedando alejada del Camino.

Siempre que pasaba por este pequeño y desconocido pueblito, igual que en Redecilla del Camino la Pila Bautismal del siglo XII, me decía “otro día será, pasaré con más tiempo.” Han pasado más de 35 años con este número más que triplicado las veces que he transitado por estos parajes y una vez más he pasado de largo .

Cuando al final del trayecto cogimos el autocar que nos llevaría desde Villafranca Montes de Oca a Grañón para recuperar nuestro coche escoba, después de ver la exquisita iglesia de San Juan Bautista, una de las miles de pequeñas joyas desconocidas de nuestro país, sorpresa inesperada de quien abandona la cómoda carretera nacional y recala en el pueblo, decidimos detenernos allí donde siempre nos habíamos excusado por la premura de tiempo,

La mujer del primer bar junto a la carretera nos animó a subir a la ermita, horadada en mitad de la montaña.

-Probablemente esté allí María enseñándola. Subió hace media hora con unos peregrinos.

Atravesamos medio pueblo –francamente pequeño-, ahora recuperado por aquellos que un día emigraron a Bilbao, a Barcelona, tal vez a Madrid, casi abandonado y ruinoso en los años 80-90, cruzamos el riachuelo y la chopera, escuchamos aves y hojas nacidas para ser mecidas por el leve viento de la tarde y subimos el empinado camino de la derecha, de tierras calizas, hacia la ermita.

Estaba abierta la puerta enrejada de afuera y muy entornada la de entrada, de madera.

Entramos respetando el silencio reverencial que dominaba la pequeña ermita.

-Al final de la explicación –repetía María- una chicas cantarán a la virgen.

Y me imaginé cantando, si no el Salve Regina al menos alguna antiquísima canción mariana. Cuando María acabó la explicación, dos chicas, de unos 17 años de apariencia pero probablemente entre 19 y 21 fueron a la parte de atrás, al improvisado coro, y proyectando la voz desde el fondo entonaron Bless the Lord my Soul (El Señor bendiga mi alma) Mal situado para verlas cantar, me levanté y me coloqué en un lateral.

-¡El canto de los ángeles! –escuché de mi mente.

La impecable y perfecta entrada, la primera nota, la primera palabra “bless” predijeron que aquella música, aquellas voces no eran de la tierra. Apenas habían alcanzado el primer verso –Bless the Lord my soul- hube de cerrar los ojos, abrir de par en par todos los sentidos y olvidarme de mi propio cuerpo, pues los sonidos eran tan subyugantes y poderos como para hacer vibrar el aire, la carne, los corazones, las paredes bajo la montaña, el universo abarcable.

Dudo que cuando uno alcanza en su propia mente el estado alfa después de un buen ejercicio de respiración, o cuando en plena meditación uno vive y trabaja en su paraíso personal, o en esos momentos de soledad individual absoluta, la sensación de pérdida de gravidez, de abandono del ego, de sentirse parte del todo –naturaleza o cosmos- sea más patente.

Posiblemente, cuando Juan el bautista bautizó a Jesús de Nazareth y la gente creyó ver rasgarse los cielos y escuchar a Dios o a los ángeles, no fue sino que alguien con una voz pura, reflejo de la Vida, entonó una canción adecuada al momento y al lugar.

Sobrecogidos, pues, por aquellos inefables sonidos, cada uno de los presentes se dejó llevar a sus propias inquietudes. Incluso la parejita del primer banco que no cesaba de mostrar su anticlericalismo mientras María lanzaba las alabanzas a la Virgen y al Señor cesó en sus murmullos para dejar oír un sonido superior.

No habían recitado aún la segunda estrofa y varios de los asistentes, de distintas nacionalidades, -franceses, irlandés, españoles, italianos…- se recogían con los ojos cerrados.

Una explosión de sonidos y de sensaciones, de sangre a ritmo de corazón, un sentirse bien, invadió la atmósfera. No se necesitaba más. Dudo que los eremitas que habitaron aquel cenáculo adquirieran un estado de comunicación con Dios o con la naturaleza de las cosas superior al que aquella improvisada comunidad alcanzaba.

Repetirían el canon unas siete u ocho veces. Siempre igual y siempre distinto. Siempre perfeccionando la más mínima variación, suspensa la respiración de los oyentes. Cuando el descenso de la intensidad de la música y la ralentización de las notas avisaron que nos preparásemos para volver a la realidad, presente y vital, no artística de la vida, los pechos, necesitados de aire, comenzaron a inspirar.

Acabado el sonido de la música, aún sabiendo fehacientemente que la composición había finalizado, nadie mostró el menor asomo de querer romper el silencio. Sólo cuando María lo creyó oportuno irrumpió con un aplauso lento, rotundo, sonoro que poco a poco fue en aumento hasta hacer temblar la montaña.

Two German Girls.

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